“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión। He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”, confesaba el replicante Roy en una de las escenas más recordadas de Blade Runner.


El Obispo de Bolonia no es un personaje de ciencia ficción। Lo suyo es de verdad। Pero tiene los mismos ojos azules e infinitos que el androide que sueña con ovejas eléctricas. “Mi vida no cabe en 20 libros”, asegura José García Ladrón de Guevara, que así es como se llama, aunque no todo el mundo que lo conozca lo sepa. Fue una osadía por mi parte pretender aprehenderle en dos ratos. A un hombre sabio como la naturaleza. El primer día nos atendió a nuestro amigo Juan y a mí de noche al calor de la casa de El Añito, que debe de ser lo más parecido al camarote de un barco en tierra firme. Mientras yo cosía a preguntas al Obispo, El Añito tejía redes. Tan rápido, que la cámara de Juan no fue capaz de captarlo. Como tampoco fue fácil plasmar la imagen de El Obispo, que aparece en las fotografías desdibujado como un autorretrato de Bacon. Aunque es sencillo como un niño, la suya ha sido una de las entrevistas más difíciles que he realizado.

La escribí no para publicarla, sino para que la leyeran los vecinos de Bolonia y que los vecinos de Bolonia se la leyeran al Obispo. Y la lancé al mar de Internet. Y sus aguas me la devolvieron a través del blog megustaelbuceo. Como todo tesoro rescatado de la profundidad marina, venía con sorpresa: el agradecimiento y el recuerdo en forma de comentarios de familiares, amigos y colegas de El Obispo de Bolonia.

Difícil porque su vida y su trabajo imponen respeto। Porque toda Bolonia, la aldea gaditana del Estrecho de Gibraltar, le quiere y le admira. No se puede defraudar a un pueblo humilde y digno. Y porque, ya me lo advirtieron, en los relatos de este viejo lobo de mar la realidad y la fantasía a menudo se confunden.


Toda su biografía está vinculada al Estrecho de Gibraltar, ese accidente geográfico que separa los dos continentes con la mayor brecha de renta per capita del planeta: África y Europa. Para él no hay separación que valga. Sólo valen las leyes de los vientos y las mareas cuando el Océano Atlántico da de beber al castigado Mar Mediterráneo. Algo que probablemente nadie conozca tan bien como El Obispo: “El Estrecho a mí me ha gustado siempre. Su naturaleza es muy grande. Tiene 25 ó 30 variaciones al día”. Por saber, sabe hasta cuándo pasan las pateras. Algo que no reproduciremos aquí para que quienes se empeñan en poner puertas al campo no se enteren.


José García Ladrón de Guevara nació hace 78 años en El Cortijo de La Plata, antiguo Cuartel de Caballería perteneciente a Tarifa y fue bautizado en Zahara de Los Atunes. Su padre era de Punta Paloma y su madre de Medina Sidonia. Él lleva viviendo más de medio siglo en la que en tiempos de los romanos fuera Baelo Claudia y se presenta así: “Soy el único obispo que hay en Bolonia. Mi padre era cabestrero de los toros bravos. A mi padre ya le llamaban El Obispo porque ponía a los niños a rezar. Yo fui el primero y me llamaron igual. He sido monaguillo y me bebía el vino del cura y me llamaban rata de agua. También me han llamado viejo lobo de mar, pero yo no hago caso”. A él le gusta recordar que su abuelo, que era marinero igual que él, tenía un barco que se llamaba Joe que joe. José lo tiene claro: “Ya no quedan marineros: ahora sólo hay playeros”. Palabra de El Obispo.


Como no podía ser de otro modo, también conoce El Estrecho del lado marroquí. A los 15 años se fue a vivir a Marruecos con una tía española que vivía allí. “Conozco toda la costa de Marruecos. He entendido el árabe”, asegura. Hasta tiene una cuñada “marroquina”, como dice él. Haciendo honor a su apodo, El Obispo no se ha casado nunca. “No he estado casado porque todas las mujeres que he tenido me han salido rana. He tenido lo menos 20 y ninguna buena. La pesca es lo que más me ha gustado siempre. La mar me da mucha felicidad”.


Si su vida no cabe en 20 libros, su vida laboral reventaría cualquier curriculum. Él ha tenido la suerte de no tener que acotar toda su experiencia en un trozo de papel. Es mucho más emocionante escucharle contar cómo ha salvado a hombres de morir ahogados o hacer recuento de los tesoros que se ha encontrado en sus inmersiones. “Tres veces me he visto en el agua mientras se hundía un barco. Otra vez vi un submarino perdido. Fue en frente de Atlanterra. Llevaba diamantes que habían robado los alemanes. Venía de Honduras. Un día encontré 21 mensajes en el mar. Eran de los alumnos de una escuela de Portugal”, relata orgulloso. También se ha topado con cañones de la época de Napoleón, de la Batalla de Trafalgar. Y con una boya de zinc que se conserva en el Museo de San Fernando “de la época de cuando Bolonia era Baelo Claudia. En cada lado tenía un romano”.

El Obispo ha trabajado de rana, de guía submarino, ha enseñado a bucear, ha trabajado en la marrajera -palabra que hace referencia a “marrajo”, que es como llaman en su tierra al tiburón-. “Mi profesión ha sido siempre submarinista, pero yo he sido más que nada redero. Me enseñaron dos médicos de Sevilla. Yo he sido siempre un tío muy fuerte. Con 13 años me trajeron un equipo y me empiqué, me empiqué…”, explica. Su ‘empique’ le ha llevado a matricularse como voluntario en el cuerpo de la Marina Mercante; a trabajar de buzo en la compañía de gasoil Calvo Sotelo; a embarcarse en el Ciudad de Málaga, un barco con 120 metros de eslora; a formar parte de la Escuela de buzos de Cartagena…


Tiene un barco pequeño porque “los grandes no me sirven aquí”. Se llama El Tiburón। ¿Su alter ego? El nombre tiene su historia, y recuerda a la de El Viejo y el Mar, de Hemingway: “Una vez me encontré un tiburón de unos 70 kilos. Lo subí a bordo y me mordió en la pierna. [Sus cicatrices muestran que lo que dice es verdad]. Lo vendimos por cazón”. Este Ladrón de Guevara hace gala de la picaresca de los hombres de mar. “Si encuentro un tesoro me quedo con ello”, dice riéndose. Pero, a pesar de su apellido, él no es un pirata. Aún recuerda cómo le llevaron engañado a Génova por un asunto de contrabando de tabaco y relojes. Por su conocimiento profundo del Estrecho ha tenido oportunidad de conocer a los grandes piratas del Mediterráneo, como aquel que amasó una fortuna “trayendo a Franco todo lo que necesitaba”.


Publicaciones especializadas en submarinismo como la revista Apnea oThalassa on line no dudan en asegurar que El Obispo es “el pescador submarino más conocido del Estrecho”. El programa de Televisión Española, Jara y Sedal, le ha tenido como protagonista. Campeones mundiales de pesca submarina de la talla de Massimo Scarpati y Pepe Viña le rinden pleitesía. Entre sus tarjetas de visita se cuentan las de altos mandos militares en distintos idiomas. Siendo un chiquillo, fue maestro de los integrantes del Azor, el barco de Franco, mientras hacía la mili. “La gente habla muy malamente de él. Fui con Colón de Carvajal. Lo asesinaron en Madrid”, recuerda. Hoy, el nombre de El Obispo bucea en la red de redes, en Internet, sin él saberlo. Y, por supuesto, es miembro de honor del Club de Pesca de Bolonia, El Ancón.

A lo largo de las entrevistas, -la segunda de ellas fue de día, en la propia casa de El Obispo- tuvimos el privilegio de ver retratadas en fotografías sus hazañas y de recibir algunas de las lecciones magistrales por las que los especializados en la materia le van a visitar। Supimos, por ejemplo, que con botella es capaz de sumergirse de 25 a 36 metros de profundidad. “Más allá es peligroso, porque te da ‘el síntoma’. Son mareos y ataca al corazón”. Y que a pulmón, dura minuto o minuto y medio “más me parece un terreno muy largo”. Asimismo, confirmó los peores presagios de los amantes de la naturaleza: “Los tiempos vienen ‘revolucionaos’. Está cambiando la mar y la atmósfera: ahora no encuentras pescado silvestre. Hay tres veces menos pescado que antes”. De todas las perlas que nos regaló, hay una especialmente brillante: “una vez, todos los años, aparece la ballena, con marea chica y pleno de luna”. No son pocos los cetáceos que frecuentan el Estrecho. Su avistamiento se ha convertido en un reclamo turístico más para la zona. Pero El Obispo asegura que la ballena de la que él habla no es ni el delfín, ni la orca, ni el calderón, ni siquiera el cachalote. Sólo él sabe cuál es su Moby Dick particular.


En la Bolonia gaditana todos le conocen. Todo aquel que se pasee por su playa, esa que en las noches claras permite ver las luces de Tánger, podrá encontrarse cada día con él, un señor de ojos azules que mira incansablemente el mar.


Ha sido un honor conocerte. Gracias.

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