Rebelión en la macrogranja. Los argentinos no quieren que su país se convierta en la factoría de cerdos para China ni en una fábrica de nuevas pandemias.

El Gobierno de Alberto Fernández tiene previsto firmar un acuerdo con China para que Argentina produzca cerca de un millón de toneladas de carne de cerdo al año destinadas solamente al gigante asiático. Para ello, instalarían 25 macrogranjas con capacidad para albergar hasta medio millón de madres. Las fuertes protestas desde distintos sectores del país austral han conseguido que el acuerdo se retrase… de momento.

A finales de agosto, la cancillería de Relaciones Exteriores de Felipe Solá anunció que la firma, prevista inicialmente para el 1 de septiembre, se pospone a noviembre, al incluir en el Memorándum de Entendimiento (MoU) con China algunas cláusulas vinculadas al medio ambiente. En concreto, se incorporó un artículo que incluye “el respeto de las leyes de protección ambiental, los recursos naturales y la bioseguridad”. Según medios argentinos, los chinos pidieron tiempo para revisar las modificaciones, pero la intención del Gobierno argentino es cerrar el acuerdo en la feria internacional de Shanghai.

Esta noticia se produce en medio de una gran polémica, con campañas de campesinos y ambientalistas en contra del acuerdo. La alarma ha provocado incluso el nacimiento del movimiento Hacia un gran Pacto Ecosocial y Económico en Argentina, con un manifiesto titulado “No queremos transformarnos en una factoría de cerdos para China, ni en una fábrica de nuevas pandemias”, que han firmado más de cien científicos, intelectuales, artistas, periodistas y organizaciones de la sociedad civil.

Dicho manifiesto comienza así: “La actual pandemia por Covid-19 que tiene en vilo a toda la humanidad está estrechamente vinculada a cuestiones socioambientales y productivas, que están invisibilizadas. Al igual que ocurrió con el ébola, la gripe aviar y la porcina, el SARS y otras zoonosis, se trata de un virus que emergió por alguna de estas causas: hacinar animales para su cría industrial y/o su venta, y desintegrar ecosistemas acercando a las especies entre sí.”

Las macrogranjas son las incubadoras de desarrollo de virus pandémicos más peligrosas que conocemos”

“Veinticinco granjas con hasta medio millón de madres duplicaría el stock argentino actual. Promoverían en muy poco tiempo un caudal de nacimientos cercano a los 10 millones de cabezas anuales”, publica iProfesional. Semejante volumen, según distintas organizaciones sociales y ambientalistas, derivará en un nivel de contaminación inédito en agua y suelos y profundizará la deforestación -en Argentina se destruyen algo más de 210 hectáreas de bosques por día- tanto para la instalación de los criaderos como para la producción de los transgénicos de soja y maíz para alimentar a los animales.

Según han desvelado los medios argentinos, las granjas estarían dotadas con plantas de prensado de soja y maíz transgénicos para alimentar al ganado porcino. Para ello, necesitarían establecimientos agropecuarios de al menos 100 hectáreas, en puntos del país que garanticen al menos 17.000 hectáreas de maíz y soja.

Según el vídeo ‘Se puede producir de otra forma’, elaborado por GRAIN, Acción por la Biodiversidad, Vaca Bonsai colectivo audiovisual y la Fundación Rosa Luxemburgo, el acuerdo provocaría que la producción crecería de cinco a más de 30 millones de animales en 5 años. Esta industria genera pocos puestos de trabajo y muy precarios; consume 6.000 litros de agua por kilo de carne y más de 1,5 millones de litros al día. Contamina el aire y el suelo y es un caldo de cultivo de nuevas pandemias y enfermedades. Miles de cerdos idénticos hacinados facilitan el desarrollo y propagación de nuevos virus y aumentan las posibilidades de nuevas zoonosis. El abuso de antibióticos crea superbacterias cada vez más resistentes. Aumentan los monocultivos transgénicos para forraje y aumentan las fumigaciones con agrotóxicos. Se destruyen ecosistemas y se desplazan comunidades.

En la misma línea se manifiesta Medardo Avila Vázquez, médico pediatra de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados y coordinador de REDUAS (Red Universitaria de Salud y Ambiente) en Canal Abierto: “Las macrogranjas son las incubadoras de desarrollo de virus pandémicos más peligrosas que conocemos, son una amenaza a la salud pública. (…) Somos genéticamente muy similares, por lo cual el desarrollo de enfermedades en los chanchos es muy probable que nos ataque a nosotros. (…) Los medicamentos que se utilizan en medicina humana son muy similares a los que se utilizan para cerdos, por lo cual se incrementa el daño: no solo producen enfermedades, generan enfermedades más potentes frente a los antibióticos e inutilizan los que actualmente se producen”, explica.

Productores locales alertan de los riesgos de importar “un problema gigantesco”

Los enormes volúmenes que maneja el acuerdo chino-argentino también han puesto en alerta a los productores locales, que reconocen que el plan les excluye. “China quiere tener todo bajo su poder: desde las tierras donde establecería las granjas hasta los puertos, pasando por el traslado de los animales, la faena, el almacenamiento de la carne en cámaras frigoríficas. Hasta ahora nunca mostraron intenciones de vincularse con los productores locales. Si el Gobierno permite eso, para la cadena argentina será letal”, comentó a iProfesional un representante de la Asociación de Pequeños y Medianos Productores Porcinos bonaerenses.

Y señalaron otros dos aspectos que también inquieta a los criadores: El traslado de cerdas madres y sementales desde China, con el peligro sanitario que eso implica y, en paralelo, el temor comercial a que la aparición de otra pandemia en el país asiático genere un sobre stock de carne fronteras hacia adentro. “El ganado argentino no ha experimentado varias de las enfermedades que últimamente vienen sufriendo los cerdos asiáticos. ¿Cómo se garantizará que eso no ocurra con la importación de estas madres? Ampliar la cantidad de cerdas requiere de traerlas del exterior. Nos vamos a comprar un problema gigantesco si no se tiene en cuenta ese aspecto”, dijo el portavoz.

“Por otro lado, si el día de mañana China tiene otra pandemia y cierra la compra de cerdo, el excedente destruirá todo el mercado argentino. Sería imposible competir contra semejante cantidad de toneladas a precio ultra barato. Por más millones que necesite el Gobierno, la sequía de inversiones imperante, éstas son cuestiones que no pueden dejarse de lado”, concluyó.

En el Gobierno argentino se juntan el hambre con las ganas de comer

Con este acuerdo la intención china es recuperar el stock de carne que perdió con motivo de la peste africana del año pasado, que obligó a sacrificar al 40% de su ganado porcino y de paso deslocalizar el riesgo de una posible nueva zoonosis, con las consecuencias que acarrearía. De hecho, la posterior escasez de productos provocada por la peste porcina africana derivó en la decisión de salir a buscar superficies en el mundo para criar los animales que necesita la potencia asiática.

En un principio, era Brasil el socio comercial preferido por China para este acuerdo, pero las sucesivas devaluaciones argentinas hicieron cambiar de planes a Pekín. Mientras que en Asia cuesta 2 dólares producir un kilo de carne de cerdo, en Argentina podrían generarlo por apenas 70 centavos.

En el caso del Gobierno argentino, se juntan el hambre con las ganas de comer. El hecho de que la Argentina se encuentre virtualmente en default (suspensión de pagos), unido a las distorsiones globales provocadas por el coronavirus han hecho que este proyecto, cifrado en cerca de 4.000 millones de dólares en seis años, se haya convertido en prácticamente una obsesión para el oficialismo. Jorge Neme, actual secretario de Relaciones Económicas Internacionales, hace las cuentas de la lechera: “Actualmente la Argentina produce 5 kilos -de carne porcina- de cada 1.000 que se producen en el mundo. Con este acuerdo llegaríamos a 12, mientras que, por ejemplo, España ya produce 38 de cada 1.000 y Estados Unidos 160”. Para justificar la macrooperación, añade: “Estamos lejos de ser una marca de cerdo en el mundo”.

“Crédito capitalista y usura, negocios, como siempre”

Rolando Astarita

A principios de agosto, el Gobierno argentino anunció un acuerdo de reestructuración de deuda con acreedores de deuda privada bajo legislación extranjera. “Según el acuerdo, los pagos de deuda a acreedores privados bajo legislación extranjera se reducen a 4.500 millones de dólares en los próximos 5 años, en lugar de los 30.200 millones previstos. El ahorro entre pagos de intereses y devolución de capital, hasta 2028, rondaría los 36.000 millones de dólares. Algunos prometen que esos miles de millones de dólares se volcarán a atender a las necesidades del pueblo. Muy lindo en los papeles, pero algo distinto en la realidad. Es que en esto se aplica lo que discutí en otra ocasión, en referencia a gente que anda calculando cuántas cosas se podrían hacer si se dejara de pagar la deuda. El problema de fondo: Argentina ha pagado deuda tomando deuda”, valora en su blog el profesor Rolando Astarita, quien califica la operación así: “crédito capitalista y usura, negocios, como siempre”.

El acuerdo porcino chino-argentino tendrá consecuencias globales. También afectará a los mercados europeos. Pero en medio de la pandemia de COVID-19, algo está cambiando, porque el tratado de libre comercio entre la UE y Mercosur, cuyo acuerdo se cerró en junio de 2019, no se materializa por el momento por las reticencias de Alemania, país que ostenta la presidencia semestral de la UE, por el impacto medioambiental, sobre todo por la situación que padece el Amazonas, víctima de una brutal deforestación, tala de árboles e incendios. “Hemos querido el acuerdo y hemos trabajado para él, pero hay serias dudas de que pueda llevarse a la práctica tal y como se había pensado. Miramos con gran preocupación la deforestación en el Amazonas y la tala de bosques. (…) Lo que ocurra allí es algo que afecta a todo el mundo. Por eso vemos el futuro del acuerdo con escepticismo”, dijo recientemente el portavoz del Gobierno alemán, Stefen Seibert. En el punto de mira se encuentra la mayor apertura de los mercados europeos a la carne sudamericana, ya que la ganadería es responsable del 80% de la deforestación en la Amazonia, según la asociación WWF.