Hermanas de tierra,
un marzo más volvemos a encontrarnos en los campos, calles y plazas de nuestros pueblos y aldeas. Seguimos alzando la voz, defendiendo nuestros derechos y los territorios en los que vivimos. Nos reivindicamos juntas, somos raíz y brote, y no olvidamos que defender la tierra sigue siendo defender la vida.
2026 nos obliga a mirar de frente las crisis ecológicas y sociales que se multiplican en tantos lugares a la vez. Lluvias torrenciales que arrasan cultivos, infraestructuras, ecosistemas. Sequías prolongadas que agrietan suelos y agravan incendios. Inviernos anómalos y veranos más largos. Incendios forestales cada vez más peligrosos y difíciles de controlar. Estos acontecimientos no son episodios insólitos ni aislados: son el resultado de un sistema que arrasa y pone en peligro la tierra, y que desplaza, enferma y precariza a las personas que la habitamos. Mientras tanto, muchas personas migrantes han atravesado los temporales en barracones, casetas de obra, chabolas construidas en los lugares en los que trabajan, sin luz ni agua potable, con plásticos de los invernaderos, palés de madera y cajas de cartón. Siguen desprotegidos, sin titulares, sin ninguna administración que se haga responsable de estas circunstancias. Sabemos que, cuando la catástrofe golpea, no golpea a todas por igual. Y también sabemos que el tratamiento mediático de nuestros territorios sigue siendo colonial, centralista y urbanocéntrico: no todas las desgracias ocupan el mismo espacio en las pantallas, no todos los dolores reciben la misma atención, no todos los pueblos ni todos los territorios son noticia. ¿Desde dónde nos enseñan a mirar? ¿Cómo miramos nosotras? ¿Qué vemos si miramos?
Vivimos en territorios sometidos a una presión que no deja de crecer. Macroinfraestructuras energéticas e industriales, minería llamada “verde”, urbanizaciones y modelos turísticos que se presentan como única vía de progreso. Proyectos diseñados para el expolio de comunidades a las que se niega el derecho a información, el derecho a participar, el derecho a decidir. Bajo el discurso de esta transición y desarrollo se repiten dinámicas que lamentablemente ya conocemos: desplazamiento, amenaza a espacios naturales protegidos, intensificación de modelos extractivistas, contaminación y lugares que quedan vaciados.
Traemos aquí preguntas claras:
¿Transición realmente para quién?
¿Energía y recursos para sostener qué modelo productivo, qué bienestar?
¿A costa de qué ríos, ecosistemas, suelos? ¿De qué montes, qué comunidades?
Hermanas de tierra,
queremos hablar también de acuerdos comerciales como el tratado entre la Unión Europea y Mercosur, que refuerzan un modelo agroindustrial basado en la intensificación, la dependencia de insumos externos, la desposesión campesina y la destrucción de ecosistemas entre territorios. Este modelo erosiona la soberanía alimentaria aquí y en origen. Mientras se favorecen las importaciones masivas, las pequeñas ganaderías y los proyectos agrícolas desaparecen. No aceptamos un comercio que enfrente pueblos y territorios entre sí, ni que sacrifique derechos y soberanías para perpetuar un crecimiento económico que desprecia la vida, y produce hambre y desigualdad a costa de los sures globales.
Las negociaciones del presupuesto de la próxima PAC avanzan con recortes y desde un enfoque continuista en lo productivo, con ayudas ligadas a la posesión de la tierra y al capital; no a nosotras, mujeres labradoras, con proyectos de vida minifundistas y agroecológicos, perjudicadas y excluidas de una política pública reactiva, que distribuye más a quien más tiene.
Este año queremos traer la tierra a nuestro manifiesto. Tras cada catástrofe — como la dana en Valencia o la erupción volcánica en La Palma — acontecida en los últimos años, vemos cómo aparece, tras el daño y las cicatrices, el riesgo de calificación y especulación para acaparar y convertir la tierra en suelo urbanizable y modelos de agronegocio, bajo la excusa de la reconstrucción. La privatización del territorio no es algo neutral: concentra poder y convierte cada proceso de acaparamiento en un proceso de desposesión para quienes viven y trabajan la tierra. Detrás de cada suelo que se trabaja, de cada huerta, de cada tierra que se pastorea y se siembra, hay un archivo vivo de lo común. Sigue habiendo ahí, en la memoria del suelo, posibilidad de otros mañanas. El desarrollo desde esta lógica mata dos veces: nuestros presentes y nuestros futuros.
Hermanas de tierra,
estamos aquí porque también reivindicamos la soberanía alimentaria, el acceso digno a la tierra, al trabajo, al conocimiento que la hace posible y al derecho de los pueblos a decidir cómo producir alimentos. Nos sabemos parte de una trama que sostiene lo común frente a quienes privatizan el presente y nos roban el futuro. Defender lo colectivo es defender la posibilidad de decidir cómo queremos vivir. Para nuestros pueblos queremos proyectos viables social y ecológicamente, producciones sin dependencia estructural de agroquímicos y cadenas especulativas. Servicios públicos que garanticen acceso a la salud, a la educación, a la vivienda, al medio ambiente sano, y al ocio en nuestros pueblos.
Hermanas de tierra,
Gaza sigue doliendo. No vamos a normalizar la violencia ni el genocidio. La devastación sistemática de un pueblo y su territorio, de sus culturas y saberes, y el uso del hambre como arma de guerra suponen una quiebra ética intolerable. Sí vamos a nombrar, a seguir hablando y denunciando la colonización y el apartheid israelí. Abrazamos a nuestras hermanas de tierra en Palestina y aprendemos de su resistencia y de su arraigo.
También queremos hablar de salud mental y colectiva. La ansiedad generalizada, el miedo o la angustia paralizante ante el deterioro ecológico son reacciones frecuentes en un contexto de crisis, en continuo crecimiento de forma alarmante. Vivimos en un sistema que acelera los ritmos, nos roba la lentitud necesaria para cuidar y comprender, y nos responsabiliza individualmente de problemas que son estructurales. Nos exige productividad constante mientras precariza las condiciones materiales de vida. Necesitamos redes comunitarias, políticas públicas y garantías sociales que sostengan la vida en común. Frente a discursos que promueven la competencia y el individualismo, defendemos la organización colectiva y diversa. Frente al crecimiento ilimitado, apostamos por una reducción planificada del consumo material y energético, con redistribución de la riqueza y del tiempo. Necesitamos políticas públicas de redistribución, límites al acaparamiento, responsabilidades jurídicas claras y un cambio estructural del modelo de producción y consumo.
Hermanas de tierra,
¿dónde encontrar energía, entusiasmo compartido, frente a las narrativas de destrucción, extractivismo y explotación? En la vida cotidiana como espacio de lo concreto y lo compartido: en lo que vivimos con el cuerpo, en lo que tocamos, sembramos y sostenemos. En aquello que nos permite desarrollar una mirada y una práctica que se sitúa, arraigada en el contexto, pero atenta y sensible también a lo que sucede en otros lugares.
Creemos en la fuerza de las alianzas, en la organización desde abajo, en la palabra compartida que rompe el aislamiento y el miedo. Frente al avance de la extrema derecha, el odio y los discursos que nos quieren divididas y solas, apostamos por el apoyo mutuo y por una rebeldía que cuide: apostamos por un cuidado rebelde.
Hermanas de tierra,
que nuestras luchas, como las de las Jornaleras de Huelva, como las organizaciones en contra de megaproyectos por todo el Estado, como las movilizaciones agrarias por precios justos, sean revuelta. Que aquellas que vienen detrás sepan que luchamos por la vida digna y que, si no tenemos derechos todas, no son derechos: son privilegios.
Hermanas de tierra,
defendamos lo que necesita ser defendido, acabemos con lo que necesita ser abolido. Juntas vertebramos los territorios: mantenemos comunales, bosques, veredas, pastos, llanos y eriales, razas y semillas tradicionales, verbenas, escuelas rurales, centros de atención primaria, sindicatos y organizaciones agrarias y rurales, asociaciones culturales en los pueblos. Que juntas hablamos más que solo por nosotras: hablamos por las golondrinas, por los ríos, por las montañas, por nuestros animales y por nuestros cultivos, y por todo lo demás que no habla o no puede hablar.
No renunciamos a la esperanza: la construimos cada día con nuestras manos, en cada gesto, en cada espacio donde la vida vale más que números y beneficios. Y defendemos la alegría como forma de resistencia: una alegría que no niega el dolor, pero que insiste en la vida; que celebra lo que brota, lo que se teje, lo que se comparte. Una alegría que nos recuerda que seguimos aquí — juntas — y que todavía somos capaces de imaginar y hacer otros mundos.
Por un feminismo de todas,
por un feminismo de hermanas de tierra.
El cartel es obra de Higinia Garay. Se puede descargar aquí.

(*) Seguimos utilizando las categorías de mujer (y hermana) por considerarlas todavía útiles para incidir políticamente en nuestra realidad actual, pero somos conscientes de que somos diversas en cuanto a vivencias, trayectorias, capacidades, cuerpos e identidades. El asterisco pretende aglutinar toda esa diversidad.
** Este manifiesto ha sido posible gracias al trabajo colectivo de Colectivo Arterra, Blanca Casares Guillén, Lareira Social, Leire Milikua, Lucía López Marco, María Montesino, María Sánchez, Patricia Dopazo, Ada e Irea de REAMA Friol, Elisa Oteros y Ana Pinto Lepe de Jornaleras de Huelva en Lucha. Hermanas de Tierra es un manifiesto para el 8M que fue impulsado desde 2019, por María Sánchez y Lucía López Marco.
Puedes apoyar el manifiesto y el trabajo de Hermanas de tierra, aquí.
hermanasdetierra@gmail.com
